Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
Y cada beso tuyo,
Con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
Era un día:
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
Una noche. La muerte es muy sencilla,
Y poco a poco fue desenvolviéndose
La hebra fatal. Ya no la retenía
Sino por sólo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría.
Y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.
Leopoldo Lugones.
viernes, 10 de mayo de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
La primavera, la primavera...
La tierra se engalana como novia
y el infinito espacio reverbera,
que vuelve ya la dulce primavera.
La fuente dice:-Escucha mi lamento.
El aura:-No desoigas mis rumores.
La rosa:-Bebe mi oloroso aliento.
El ave:-Aprende amor en mis amores.
Renace, oh corazón, de tus dolores:
ama, sonríe y en la dicha espera,
que vuelve ya la dulce primavera.
Manuel González Prada.
y el infinito espacio reverbera,
que vuelve ya la dulce primavera.
La fuente dice:-Escucha mi lamento.
El aura:-No desoigas mis rumores.
La rosa:-Bebe mi oloroso aliento.
El ave:-Aprende amor en mis amores.
Renace, oh corazón, de tus dolores:
ama, sonríe y en la dicha espera,
que vuelve ya la dulce primavera.
Manuel González Prada.
sábado, 30 de marzo de 2013
Antonio Vega
Hablando de ellos
Se levantó un fuerte viento
y amaneció la alegría.
Nadie pensó en el momento
que el peso de la pobreza su riqueza fuera un día.
Estoy hablando de ellos,
de los que lloran y ríen.
La plata, el oro, el platino
no superan el destello de algo en sus ojos divinos.
Hallé en los dos a los guías
de mi emoción desbocada.
Nunca fue su mano fría,
padres de mi cuento de hadas.
De mi fortuna, cimientos.
De mis inventos, la cuna.
Todas sus miradas, y una a una,
de la moneda son cruz y cara.
Estoy hablando de ellos.
Se levantó un fuerte viento
y amaneció la alegría.
Nadie pensó en el momento
que el peso de la pobreza su riqueza fuera un día.
Estoy hablando de ellos,
de los que lloran y ríen.
La plata, el oro, el platino
no superan el destello de algo en sus ojos divinos.
Hallé en los dos a los guías
de mi emoción desbocada.
Nunca fue su mano fría,
padres de mi cuento de hadas.
De mi fortuna, cimientos.
De mis inventos, la cuna.
Todas sus miradas, y una a una,
de la moneda son cruz y cara.
Estoy hablando de ellos.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Miguel Ángel Velasco
LA CLASE
Para Alejandro Martín
En la negra pizarra hila su tela
esa nerviosa araña de la tiza,
y persigue prenderte la mirada
que se le escapa, soñolienta, cuando
sobre el banco reclinas la cabeza.
De repente, el maestro dice, grave:
no ha de caerse una sola hoja
sin que Dios no la vea.
Y tú te desperezas lentamente
y en la ventana del otoño adviertes
el temblor de la rama vigilada.
A VECES YA AMANECE EL DÍA VIEJO...
A veces ya amanece el día viejo.
Se agazapa detrás de los cristales,
con su barba de nieve y sus harapos
de niebla cenicienta. Luego viene
una arista de sol y nos esconde
las arrugas del día, el duro ceño
de ese anciano imposible que ahora tiende
la mano amarillenta a los gorriones.
Estos dos poemas son del libro "El sermón del fresno", de Miguel Ángel Velasco.
Para Alejandro Martín
En la negra pizarra hila su tela
esa nerviosa araña de la tiza,
y persigue prenderte la mirada
que se le escapa, soñolienta, cuando
sobre el banco reclinas la cabeza.
De repente, el maestro dice, grave:
no ha de caerse una sola hoja
sin que Dios no la vea.
Y tú te desperezas lentamente
y en la ventana del otoño adviertes
el temblor de la rama vigilada.
A VECES YA AMANECE EL DÍA VIEJO...
A veces ya amanece el día viejo.
Se agazapa detrás de los cristales,
con su barba de nieve y sus harapos
de niebla cenicienta. Luego viene
una arista de sol y nos esconde
las arrugas del día, el duro ceño
de ese anciano imposible que ahora tiende
la mano amarillenta a los gorriones.
Estos dos poemas son del libro "El sermón del fresno", de Miguel Ángel Velasco.
sábado, 16 de febrero de 2013
Aceituneros
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
Miguel Hernández
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
Miguel Hernández
martes, 12 de febrero de 2013
Torrijos
A LA MUERTE DE TORRIJOS
Y SUS COMPAÑEROS
Hélos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.
Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos, que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.
Españoles llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,
y los viles tiranos con espanto,
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.
José de Espronceda.
Y SUS COMPAÑEROS
Hélos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.
Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos, que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.
Españoles llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,
y los viles tiranos con espanto,
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.
José de Espronceda.
jueves, 10 de enero de 2013
Vals de los enamorados y unidos para siempre
No salieron jamás
del vergel del abrazo.
Y ante el rojo rosal
de los besos rodaron.
Huracanes quisieron
con rencor separarlos.
Y las hachas tajantes
y los rígidos rayos.
Aumentaron la tierra
de las pálidas manos.
Precipicios midieron,
por el viento impulsados
entre bocas deshechas.
Recorrieron naufragios,
cada vez más profundos
en sus cuerpos, sus brazos.
Perseguidos, hundidos
por un gran desamparo
de recuerdos y lunas,
de noviembres y marzos,
aventados se vieron,
como polvo liviano:
aventados se vieron,
pero siempre abrazados.
Miguel Hernández.
del vergel del abrazo.
Y ante el rojo rosal
de los besos rodaron.
Huracanes quisieron
con rencor separarlos.
Y las hachas tajantes
y los rígidos rayos.
Aumentaron la tierra
de las pálidas manos.
Precipicios midieron,
por el viento impulsados
entre bocas deshechas.
Recorrieron naufragios,
cada vez más profundos
en sus cuerpos, sus brazos.
Perseguidos, hundidos
por un gran desamparo
de recuerdos y lunas,
de noviembres y marzos,
aventados se vieron,
como polvo liviano:
aventados se vieron,
pero siempre abrazados.
Miguel Hernández.
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