https://youtu.be/uQh7O2KKAJw?is=ZFvBauG-faE7O64Z
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Don Fabrique, hijo del duque de Alba, sitia la ciudad de Haarlem en 1572, pero al hallarse ésta cerca de un gran lago permitía a los holandeses abastecer de agua, comida y armas a los defensores. Don Fabrique, desesperado ante la dificultad de la empresa tras varios intentos fallidos pregunta a su padre si debe levantar el sitio y retirarse a lo que el gran duque de Alba le responde contestando a su misiva:
Si alzas el campo sin rendir la plaza, no te tendría por hijo; que si mueres en el asedio, yo iré en persona a reemplazarte, aunque estuviese enfermo y en cama; y que si faltamos los dos, iría de España tu madre a hacer la guerra, lo que no ha tenido valor o paciencia para hacer su hijo.
En Holanda todavía hoy se asusta a los niños diciéndoles que viene el duque de Alba.
Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
Don Antonio Machado.
En una noche lóbrega,
se cierne sobre el ámbito
de la ciudad pacífica
siniestro ser fantástico.
Es el espectro fúnebre
de aquel poeta extático
que a mártires y vírgenes
y apóstoles seráficos
colores dio poéticos
con sus serenos cánticos;
de aquel cuyos volúmenes,
que algunos llaman fárragos,
contienen más esdrújulos
que gotas el Atlántico.
Al ver la chata cúspide
del coliseo náutico,
una sonrisa lúgubre
bulló en sus labios cárdenos,
y con expresión hórrida
exclama contemplándolo
¿Quién fue el patriota estúpido,
quién fue el patriota vándalo,
que imaginó las bóvedas
de ese teatro acuático?
¡Por vida de san Críspulo!
Que a genio tan lunático
merece coronársele
con ruda y con espárragos
para que el tiempo próximo
en los anales clásicos
le aclame por cuadrúpedo
con eternal escándalo.
Así dijera y súbito,
su rostro seco y pálido
tiñóse con la púrpura
del encendido gánigo,
y en los espacios célicos
corrió con vuelo rápido,
pronunciando los últimos
esdrújulos tiránicos,
que en el espacio cóncavo
repite el eco lánguido,
diciendo en voz lacónica
¡Qué bárbaros, qué bárbaros!