-Hijo mío, la Verdad es una diosa muy bonita, que reside en el Cielo, y como allá la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende a nuestra pobre Tierra … Es muy vergonzosa. Adorémosla como ideal, pero …
– Pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?
-Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si nos pavoneamos de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta Corte diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la creencia en el derecho divino de este pobre Rey de comedia; engañoso el entusiasmo de los que mangonean en el Ejército y en las oficinas. Sólo es verídico el Pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo: él pelea, él paga los gastos de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. No imitemos al Pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta mascarada, pongámonos la careta.
Galdós. DE OÑATE A LA GRANJA.
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